viernes, 26 de agosto de 2011

lunes, 22 de agosto de 2011

Jaszbereny: Csángó Festival

Los Csango son un grupo étnico de origen húngaro que a partir del siglo XIII se fueron asentando en la Moldavia rumana; Se trata de una de las más enigmáticas minorías de Europa -una reliquia de la Edad Media- que ha conservado métodos tradicionales de agricultura, creencias y mitología, así como el más arcaico dialecto del idioma húngaro, hablada actualmente por unas trece mil personas, principalmente en Moldavia y Rumanía. La religión e Iglesia Católica han sido factores de cohesión para sus comunidades que durante siglos han conservado su independencia de los rumanos ortodoxos de Moldavia, a pesar de la discriminación a que han sido sometidos y de los intentos de asimilación rumana. En 2001 la Comisión Permanente de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa declaró que los Csango de Moldavia hablan una variación temprana de la lengua húngara y han conservado tradiciones antiguas, un arte folklórico y una cultura popular diversa de valor y significado especial para Europa.


A partir de 1998 comienza en Hungría un proceso de popularización de la cultura Csango, estableciendo el gobierno un departamento de minorías húngaras del extranjero en el ministerio de cultura que financiaría festivales de música y folklore csango, para dar a conocer la cultura de dicha etnia, que si bien quedó marginada del proceso de construcción de la nación húngara, paradójicamente simbolizan los orígenes de la identidad nacional de Hungría.

En este marco favorable por parte de Hungría a la cultura Csango, se celebra desde 1990 en Jaszbereny, hermosa ciudad próxima a Budapest, el Csángó Festival, uno de los festivales folklóricos más populares de Europa Central, organizado por el grupo folklórico Jászság, festival que cuenta entre otras actividades con una espléndida feria de artesanía y espectáculos de música folk y de danzas folklóricas de diferentes países. En este festival denominado de las minorías, y al que están invitados representantes de todas las comunidades Csango, en su XXI edición, ha participado la Asociación Folklórica “Renacer” de Badajoz.


jueves, 9 de junio de 2011

Cristo de la Misericordia de Valverde de Leganés (II)

El Santísimo Cristo de la Misericordia de Valverde de Leganés ya descansa en su ermita, a la que siempre ha estado vinculado. Se trata de una modesta edificación del siglo XVI que sustituyó a otra del siglo XIII. En su fachada a dos aguas destaca su puerta adintelada; una inscripción nos da la bienvenida con el salmo 32. En su exterior también sobresale una torrecilla metálica que soporta la campana. Su interior consta de una nave con bóveda de cañón, para los fieles, separada por rejería de la cabecera, presbiterio y altar, con bóveda de crucería, presidido por el Cristo y custodiado éste por Nuestro Padre Jesús Nazareno y la Virgen de la Soledad, hermosas tallas de gran valor artístico que procesionan en Semana Santa por las calles de Valverde. A decir de Agustín Fernández Caballero (“Tras las huellas de un pueblo”) desde muy antiguo existió la Hermandad de la Vera Cruz y Santo Hospital de la Misericordia. La ermita del Santísimo Cristo de la Misericordia era la del Hospital de Sangre, recinto que se fundó anexo (hoy de propiedad particular utilizado como vivienda), y que en tiempo de contienda durante las guerras con Portugal recibía a los heridos (recordemos la situación estratégica de Valverde como villa fronteriza antes de la incorporación de Olivenza a la Corona española en 1801).


La obra de restauración del Cristo de la Misericordia, fue encargada con gran acierto por la hermandad a la restauradora gaditana Pilar Morillo Pérez, licenciada en Bellas Artes, que gracias a su perspicacia y tras vislumbrar que se trataba de una obra de imaginería ligera, no dudó en contar con la colaboración de Pablo Amador Marrero, investigador asociado al Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de Méjico, considerado uno de los mayores especialistas en imágenes construidas con caña de maíz. Un buen tándem que uniría restauración e investigación. Ambos visitaron Valverde de Leganés y en interesante conferencia dada en la Casa de la Cultura, nos explicarían tanto las características de la escultura ligera mexicana del siglo XVI como el proceso restaturador llevado a cabo en la imagen del querido Cristo valverdeño.


Imagen ligera constituida de materiales blandos donde se llegan a distinguir cañuela de maíz, diferentes tipos de papel (incluidos fragmentos de códices novohispanos: documentación pictográfica reciclada), tejidos, maderas (alma interior de los bazos) y maderas blandas como la de colorín (manos y pies). Sus particulares cualidades de ligereza son herederas de la producción escultórica española denominada comúnmente como papelones. Algunos elementos de su estética son relacionables con la imaginería tardogótica, muy próximo a lo medieval –especialmente en la cabeza y torso- . Las carnaciones corresponden con una intervención realizada posiblemente en el siglo XVII, mientras que del original apenas subyacen algunos restos en el paño de pureza.

El imprescindible conocimiento intrínseco de los materiales, tanto originales como añadidos, y el estado de conservación integral de la obra, requirió de un cuidado estudio científico interdisciplinario en el que se emplearon Rayos X, diferentes tipos de microscopía, entre ellas la Electrónica de barrido, cromatografías, identificación de fibras de soporte, videoscopia, etc.

Como resultado se constata el sistema de moldes utilizada para su ejecución de matriz primigenia, la cual se compone de dos partes principales, delantera y trasera, formada por pliegues de papel amate (indígena), cosido de las hormas, superposición de pasta de caña de maíz, caña descortezada, papel y pasta de madera, todo ello modelado. Es destacable la aparición de pliegos de papel correspondiente a la reutilización de documentos pictográficos a modo de dibujos (códices de época colonial). De igual forma se constató que la policromía que contemplamos es del siglo XVII, no conservándose material pictórico original en proporción necesaria para su recuperación, aunque sí lo suficiente para establecer un somero acercamiento a los modelos y formas desplegadas en dichos trabajos.

Su evaluación y análisis interdisciplinario ha servido para establecer las pautas de filiación de un hipotético taller que se ha dado en llamar del Maestro de los Crucificados de la Vía de la Plata, ya que tiene otros referentes cercanos en imágenes homónimas.



El Cristo de la Misericordia es un tesoro, arca depositaria de la espiritualidad de un pueblo, cofre que ha guardado y unido en su interior parte de la historia de América y de Extremadura y que ha conferido de universalidad a la villa de Valverde de Leganés.

lunes, 9 de mayo de 2011

Cristo de la Misericordia de Valverde de Leganés

Nuestra identidad, personal o comunal, la basamos en aspectos que nos singularizan, aspectos que permiten reconocernos desde fuera, aspectos que ayudan al discernimiento, a percibir la diferencia. En esa búsqueda de nuestra propia identidad que nos da seguridad, seguridad de pertenencia, hoy en día, una misma persona puede tener múltiples identidades, e incluso éstas, en la actualidad pueden fundamentarse en imperfecciones, que serán motivo no de turbación, sino de orgullo, siempre y cuando contribuyan a lo idiosincrásico y sirva de aglutinante para el grupo partícipe de tal o cual irregularidad. También, un hecho o acontecimiento singular, algo que se tiene como propio y de lo que los demás carecen, se convierte en símbolo de identidad, en icono o imagen de determinado grupo o localidad.




La localidad de Valverde de Leganés (Badajoz) cuenta con dos iconos que lo representan y que a su vez son epicentro de la vida espiritual del pueblo, reflejo de su piedad más profunda y manifestación de la religiosidad popular.

La Iglesia parroquial de San Bartolomé fue proyectada en el primer tercio del siglo XVI para ser una construcción de grandes proporciones, con planta de cruz latina y bóveda de crucería; pero la obra no se terminó como fue concebida, sino de forma más sencilla, aprovechándose como nave principal lo que iba a ser uno de los brazos de la cruz latina. Esta circunstancia histórica determina la peculiaridad del templo, cuyo aspecto a medio construir le confiere singular atractivo.





Tal vez para ese proyectado templo de grandes proporciones se encargó a Méjico un peculiar Cristo, de proporciones mayor al natural y con cabeza y brazos desproporcionados, con el fin de ser visto desde abajo, de tal manera que la perspectiva corrija el escorzo, y así las proporciones nos resulten armoniosas. O tal vez el fin del encargo de la singular cruz se debió para su uso devocional, en aquella época soportada por un único hermano, y es que la distingue su ligereza, al ser realizada con pasta de caña de maíz. Actualmente descansa en Iglesia Parroquial a la espera de que se arregle su ermita.


El Santísimo Cristo de la Misericordia, representado ya muerto, con los ojos cerrados y con ligero color cianótico, (cuya fiesta se celebra el 14 de septiembre, día de la Exaltación de la Santa Cruz), que ha llegado hasta nuestro días después de 400 años, gracias a la devoción ininterrumpida que por Él siente el pueblo de Valverde de Leganés, ha resultado ser una joya del arte novohispano del siglo XVI, fruto del sincretismo de la iconografía religiosa tardomedieval europea y las técnicas y materiales prehispánicas, así como de su imaginario, ya que teniendo la creencia de que Dios debía tener la piel blanca, así lo representaban, aunque no es así como después de cuatro siglos ha llegado hasta nuestros días. Una estupenda obra de investigación y restauración devuelve a Valverde el Cristo de la devoción pero también nos descubre la obra de arte, abriendo camino a la investigación de esa parte de nuestra historia. Gracias a los hermanos de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Misericordia de Valverde de Leganés por sus desvelos.

http://www.esteticas.unam.mx/exposiciones/imagen_recuperada

viernes, 6 de mayo de 2011

Bicentenario de La Batalla de La Albuera

Desde aquel 16 de mayo de 1811, cuando cuatro naciones, enfrentadas en dos bandos, se dieron cita entre los arroyos Chicapierna y Nogales, en aquel campo que Lord Byron calificó con el oxímoron glorioso/triste (“oh Albuera, glorius field of grief” - “oh Albuera, glorioso campo de aflicción”), desde aquel 16 de mayo, como digo, durante 200 años, se ha ido construyendo un entramado de celebraciones y conmemoraciones que a lo largo del tiempo ha ido cambiando de significado pero que constituye hoy en día un patrimonio cultural inmaterial, un patrimonio vivo que confiere a los actuales habitantes de La Albuera, como depositarios del mismo, un sentimiento de identidad y continuidad, puesto que se han apropiado de dicho patrimonio y lo re-crean constantemente en una batalla festiva, con una gran variedad de actos.




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miércoles, 13 de abril de 2011

Tres Escenificaciones de la Semana en Extremadura

La gran fiesta cristiana de la primavera, Semana Santa, acontece alrededor del primer plenilunio de primavera, por lo que la mágica Luna llena, que une el cielo con la tierra, lo sagrado con lo profano, es representación de una gran alianza, símbolo del pacto de amor entre Dios y la Humanidad, encarnada ésta por el Pueblo Elegido la noche de su liberación, el decimoquinto día del mes lunar de Nissan, día de la pascua judía. Ese pacto es ratificado por Cristo, por lo que la misteriosa Luna representa también una gran hostia, ágape de la nueva alianza que se ratifica en el definitivo sacrificio de la cruz, el día de la pascua cristiana, conmemorada en España con una exuberante y variada iconografía, expresión de la religiosidad popular que, saliendo de los lugares habituales de culto, éste se teatraliza en la calle, sacralizando los lugares habitualmente profanos.

Entre las escenificaciones religiosas de la Pasión en Extremadura, elijo tres, por su intimismo, por su fervor, por su emoción, por su austeridad…, tres Vía Crucis con sus características comunes y sus diferencias, que tienen lugar en: Valverde de la Vera, Peraleda de San Román y Badajoz.

A muchos sorprende o no caen en la cuenta, que los empalaos de Valverde de la Vera, lo que realizan es un Vía Crucis, un camino de oración y meditación de la pasión y muerte de Jesús; el Vía Crucis no se evidencia en este caso por varios motivos entre los que destacan el que no se recen en alto las tradicionales estaciones y que no se vaya en ordenado grupo procesional, sino que este acto de piedad se realice individualmente, recorriendo de madrugada las cruces de cantería que salpican el pueblo sin ningún orden aparente. Esa evidencia es clara en el Vía Crucis realizado en Peraleda de San Román, donde un grupo de personas, la casi totalidad de los que asisten a la misa matutina y otras que se unen al acto, procesionan desde el atrio la iglesia, donde se encuentra la primera cruz de piedra, portando un Cristo con la cruz a cuestas y rezando las clásicas estaciones previamente repartidas entre los asistentes, ante las cruces que se extienden hasta las afueras del pueblo. También es peculiar el caso de la procesión del silencio del Cristo del Prendimiento en Badajoz, rezándose el clásico Vía Crucis en medio del recorrido procesional, en la Plaza Alta, donde se colocan alrededor del paso, cruces de maderas portadas por algunos penitentes, iluminadas éstas con pebeteros, que junto con el sahumerio de las andas, desprenden aromas de oriente, consiguiéndose un conjunto de plasticidad sobrecogedora

Desde el punto de vista de la participación, decir que los empalaos realizan el Vía Crucis individualmente, es verdad sólo en parte, pues van acompañados, en primer lugar por el cireneo que, arropado con una manta, le sigue para iluminarle con un farolillo, y a su alrededor un abigarrado grupo familiar parece protegerlo de curiosos y fotógrafos; así, a partir del empalao se va generando un grado de implicación que llega hasta la participación como espectador, numerosísimos éstos por la gran expectación que el acontecimiento provoca. El empalao, ante tal muchedumbre, guarda su anonimato y cubre su intimidad con un velo. En el caso de Peraleda de San Román, la intimidad queda en el propio grupo, pues la participación es casi igualitaria (salvando los lectores, portadores de los brazos de las andas, sacerdotes y acólitos) y la vestimenta no es la de penitente sino la habitual de un día de fiesta.

Otras notas para un estudio comparativo de estos tres eventos son: el motivo de la participación, tal vez una promesa, u otras causas más o menos profundas; la existencia o ausencia de reglamento escrito y de algún tipo de asociacionismo o cofradía; el lugar de salida, una casa particular o la iglesia; y el ritual escrito o tácito que se sigue, como la genuflexión de dos empalaos cuando se encuentran.

Por último, destacar los sonidos en medio del respetuoso silencio: En Peraleda de San Román los monótonos susurros de las oraciones junto con el sonido de la naturaleza emergente en una mañana de primavera; y, la Luna llena como testigo, en la noche verata escuchamos el tintineo de las vilortas de hierro que al empalao le cuelgan de los brazos, éstos extendidos y ensogados a lo largo de un timón de arado; en la madrugada pacense las órdenes se darán a toque de campana que escucharemos junto con el rítmico sonido de las horquillas golpeando el suelo de los portadores del paso del Cristo del Prendimiento.



lunes, 4 de abril de 2011

Recuerdos del colegio General Navarro

Por su céntrica situación en el Badajoz intramuros, próximo a una de la primeras brechas de la muralla para abrir la ciudad a la coqueta avenida de Huelva, es paso obligado el colegio “General Navarro (y Alonso de Celada)” construcción emparentada con el aledaño edificio de correos, de peculiar estilo Primo de Rivera, de la época de aquella dictadura. Colegio de evocadores recuerdos que suscita tanto su vista, como la fragancia que en primavera desprenden los racimos malvas de flores perfumadas de la trepadora glicinia, que ya vieja se retuerce alrededor de la verja del muro que circunda el patio del colegio.

Para un niño de nueve años de principios de la década de los setenta, la floración de la glicinia suponía varias cosas, todas ellas buenas: presentía la llegada de las vacaciones de verano, que no quedaba demasiado lejos. Y por lo menos las de Semana Santa ya estaban ahí; de hecho la flor de pluma se utilizaba y utiliza para adornar algunos pasos procesionales. También el buen tiempo era propicio para dar algún garbeo a la salida del colegio en el turno de la mañana, para acercarnos por ejemplo, a ver como instalaban el circo en el baluarte de Santiago, en la memoria de Menacho. Poco antes de la entrada oficial de la primavera, tenía lugar la invitación de Don José, nuestro maestro, por el día de su onomástica: -“Sólo una cosa, pero que la queráis”, decía, y desfilábamos toda la clase camino del paseo de San Francisco donde en la esquina más próxima a la escuela instalaba su cesta/puesto de chucherías el portero del colegio y sobre la que nos íbamos agolpando uno a uno, y con premura y cierto nerviosismo íbamos eligiendo una cosa, sólo una, pero eso sí, la que quisiéramos independientemente de su precio: una bolsa grande de pipas, un paquete de chicles (los mejores los de marca bazooka)…de todo menos las “indecentes” y no recomendables estampas del programa de moda, “Un dos tres responda otra vez”, supongo que por sus azafatas con muchas gafas pero poca ropa, y es que el destape se abría paso en una España ambivalente, que presentía cambios de importancia, pero que se agarraba a la falsa seguridad de su pasado. Así por ejemplo, la pedagogía de Don José, hombre que parecía mayor y debía de serlo, era de madera y se llamaba palmeta, y bien puedo asegurar que no estaba llena de polvo. El bueno de Don Domingo, el curso anterior, casualmente se encontró con una, palmeta me refiero, ésta sí llena de polvo; le hizo gracia el encuentro y la devolvió a su lugar de reposo, para jolgorio de los alumnos, siempre deseosos de romper el silencio y la compostura de la clase. Recuerdo sin embargo la ocasión en que le dije al maestro de prácticas que no encontraba el verbo de aquella oración (¡un verbo tan pequeño –tercera persona del singular del verbo ser- en aquella frase tan grande!), y rápidamente fue a decírselo a Don José (¡que chivato!) que estuvo presto a abrir el cajón y sacar su lustrosa palmeta; con la didáctica de la “letra con sangre entra” bien aprendí los verbos copulativos. También la utilizaba en otras ocasiones más injustas: había que procurar no llevarle la libreta para que te la corrigiera en el turno de tarde, a esa horilla tonta de la siesta, en la que Morfeo se apoderaba de él y empezaba a garabatear con su lápiz el cuaderno; varias cosas podías hacer en ese momento: tener la sangre fría de reaccionar a tiempo y recoger el cuaderno, cosa que sólo se atrevían a hacer los repetidores ya mayorcetes, o admitir cuando se despertase que los garabatos eran tuyos, pues decir la verdad … ya nos imaginamos lo que suponía.

Hace dos años se celebró el 80 aniversario (1929-2009) de la apertura de las escuelas con varios actos entre los que destacó una exposición en el patio de columnas de la diputación. Pues bien, ahora son un grupo de alumnos en el cuadragésimo aniversario de su escolarización, para comenzar, con seis años, lo que se denominaba 1º de EGB (Educación General Básica), los que desean reunirse para recordar éstas y otras anécdotas de alumnos y profesores, algunos tan insignes como Don Jesús Delgado Valhondo o Don Gregorio Villar. Yo compartí con estos alumnos 3º y 4º de EGB. Esta iniciativa está capitaneada por el amigo Alegre, de todos conocidos porque regenta la veterana juguetería de Badajoz “Comercial Alegre”, antes en Meléndez Valdés y actualmente ubicada en Juan Sebastián Elcano. Esperemos participar en este acto el mayor número posible de antiguos alumnos para compartir y rememorar aquellas situaciones que recordamos con cierta complacencia.